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FÉLIX
GRANDE, POETA Y AUTOR DEL LIBRO DE MEMORIAS " LA BALADA DEL ABUELO
PALANCAS"
"NECESITABA
PERDONAR UN TIEMPO QUE NOS HIZO DESDICHADOS A TANTOS"

Foto: AURE
HORMAECHEA
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Con sesenta
y seis años bien llevados, Félix Grande acaba de publicar
sus primeras memorias. Utilizando la técnica de la novela, el poeta
nacido en Mérida pero hecho y rehecho en la localidad castellano-manchega
de Tomelloso, hace balance de sus años mozos en plena postguerra
de "miedo, hambre y humillación".
"La
balada del abuelo Palancas", obra recién editada por Galaxia
Gutemberg (Círculo de Lectores), es una mirada a un pasado feroz
que ya no volverá, aunque se proyecte desde el territorio de la
infancia y la inocencia. Ganador del Premio Nacional Poesía 1979
por su libro "Las rubaiyatas de Horacio Martín" y del
de Flamencología 1980 por "Memoria del Flamenco", este
gran niño que fue pastor narra en su último libro una atormentada
crónica familiar de un tiempo y de un país. Autor de más
de cuarenta obras de poesía, ensayo y narrativa, Grande se declara
permanentemente conmovido por el flamenco, César Vallejo y la solidaridad
con los que sufren. Está casado de toda la vida con la poetisa
Francisca Aguirre y tienen una hija.
Usted
es una personalidad marcada por la guerra. Nació a la vida en plena
contienda civil y ahora, con España implicada de rondón
en otro contexto bélico, han salido unas memorias suyas de postguerra
que tienen por referentes cardinales a su abuelo Palancas y a Tomelloso.
¿Cómo metaboliza tanto desastre un poeta?.
La palabra clave es
la palabra poder. En mí relato los verdaderos protagonistas son
el hambre y el miedo. Es una coincidencia que haya salido el libro cuando
parece como que el hambre del mundo no le importase a los que controlan
el poder. Yo creo que tienen en la conciencia una enfermedad incurable,
milenaria y aterradora. Porque en general los poderosos, sobre todo los
muy poderosos, los que de verdad mandan en los gobiernos, tienen tanto
dinero que no podrían gastarlo ni en cien vidas. Y sin embargo
quieren más. Y esto es, desde el punto de vista psicoanalítico,
la enfermedad radical de la especie humana.
¿Por
qué estas memorias?. ¿Tenía necesidad de hacer un
balance o es que se siente de vuelta de muchas cosas?.
Quizás porque
dentro de mí algo necesitaba perdonar un tiempo que nos hizo desdichados
a tantos. A casi todos, incluso a muchos de los vencedores. Y prepararme
para la tarea más difícil que tiene un ser humano en esta
vida, que es aprender a morir. Yo tengo la sensación de que el
abuelo, que me llevaba de la mano cuando era niño para que aprendiera
a vivir, cuando cumplí los sesenta años vino a mi casa para
enseñarme a morir.
¿Una
especie de gozoso desnacer ?.
En efecto. A pesar
de que sus protagonistas son fundamentalmente el terror, el hambre y la
humillación, el libro es muy gozoso. A la distancia lo he podido
contar como si hubiera recuperado una inocencia que es la aprendí
con mi abuelo Palancas, que dicho sea de paso era un ser completamente
admirable. Por eso he podido escribirlo con esa prosa tan apacible y tan
serena.
Clima
que penetra en su descripción de la naturaleza y la vida rural.
Es que lo aprendí
con el abuelo. Sin casi darme cuenta. Esa pomada contra nuestra condición
de seres finitos, condenados a envejecer, morir y ser olvidados, que tiene
el campo. La naturaleza nos enseña la rotación de las estaciones.
Es verdad que las cosas mueren en invierno, pero renacen en primavera.
Y esto lo veía un año tras otro en mi oficio de pastor.
Yo contemplaba cómo parían las cabras en la desolación
del invierno, cuando no había más que nieve y cierzo. Entonces
no me daba cuenta de que estaba aprendiendo una enorme lección
de filosofía. Ahora sí. Hoy soy consciente de que eso estaba
dentro de mí. Y me ha ayudado a escribir un libro y a recuperar
una cuota de serenidad y conformidad con las leyes de la vida justo cuando
lo necesitaba.
¿Es
consciente de que en su relato rezuma un cierto ecologismo clandestino?.
Hay un ecologismo de
carácter tradicional. Pero también hay un ecologismo de
tipo espiritual. En este libro, algunos de lo que han sido valores culturales
están tan presentes que ha podido chocar hasta hace poco, cuando
parecía que la gente estaba desorientada. Precisamente en estos
días estamos viendo como esos chicos que creíamos adormecidos
y casi anestesiados, resulta que cuando les han pinchado en donde moralmente
duele se han puesto de pie. Me refiero a los valores de la palabra dada,
de las relaciones apacibles, de no ir a la violencia sino en el último
extremo. De eso si tengo nostalgia .
¿Estábamos
ante un pastor clásico de migas, queso y navaja cabritera?.
Migas no, porque normalmente
las comía la gente cuando se iba de pastoreo una semana, y nosotros,
mi hermanillo y yo, salíamos con las cabras sólo por un
día. Llevábamos pan y tomate y lo poco más que podía
ponernos mi madre en la tartera. En ocasiones quizás algo de bacalao.
El pan era entonces muy caro. Recuerdo que antes de acabarse el racionamiento
había panes de un kilo que pesaban setecientos cincuenta gramos.
Panes que costaban el jornal de tres días de mi padre.

El poeta y escritor junto a su mujer en su domicilio.
Foto:
AURE
HORMAECHEA
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MEMORIA
DEL FLAMENCO
¿Fue en la
hondura de la soledad de esos campos castellano-manchegos donde empezó
a comprender el sentimiento jondo del flamenco que tanto le ha marcado
después?.
Esa llaga que me ha hecho ser un lector fervoroso y casi enfermizo de
Dostoyevski y Kafka en cierto modo tiene también que ver con la
guerra civil y con el carácter y el sufrimiento de mi madre. Por
lo demás, si existe en el mundo una música con el suficiente
desconsuelo como para consolar a una criatura llena de angustia y ansiedad,
esa música es el flamenco. Los aullidos aurorales, la voz rota
del cantaor, el lenguaje rabioso de la guitarra, sobre todo después
de Paco de Lucía, todo eso está en el flamenco. Por eso
es lógico que una conciencia que tiene heridas, llagas, se encuentre
con el flamenco y se abrace a él. El flamenco tiene que cantar
desde las últimas habitaciones de la sangre. Y en esas últimas
habitaciones, que es su más estricta intimidad, ahí nos
encontramos todos.
¿Usted
cree que Paco de Lucia es una de las cimas del flamenco?.
Es curioso, pero a Paco de Lucía lo que en realidad le hubiera
gustado es ser cantador. Lo ha dicho a menudo. De hecho, cuando los aficionados
al flamenco escuchamos a un guitarrista sabemos enseguida si le gusta
el cante o no. Se nota a simple vista. Paco de Lucía es hasta ahora
el único guitarrista flamenco que ha hecho lo que nunca había
hecho la guitarra: protestar, aullar, gritar, mostrar su rabia. Y eso
no es sólo una demostración de su virtuosismo. Es una prueba
también de que dentro de su alma hay un perfecto conocimiento de
la humillación. Esta es su gran aportación y lo que le hace
único.
¿Y
esa combinación que se dio en tiempos entre Paco de Lucía
y Camarón?.
Era perfecta. En la historia del flamenco no ha habido una pareja de cantaor
y guitarrista con tanta capacidad de expresión y tanta humillación
debajo de su maravillosa música. La discografía que hicieron
juntos no forma parte de la historia musical del flamenco sino de la historia
moral de este país. A mi no me ha dolido nadie de la manera que
me ha dolido Camarón. El que más se le acerca cuando lo
revisito es Manolo Caracol. Pero tampoco querría ser injusto. Ni
en Camarón ni en Caracol empieza ni se acaba el cante. Ahí
están José Mercé, Pepe Meneses, Enrique Morente o
Manuel Moneo, un cantaor maravilloso que casi no se conoce porque apenas
sale de su Jerez.
En
el caso de Meneses, además, se añaden unas letras de claro
contenido político.
Ciertamente, porque a Meneses le escribía las canciones Paco Moreno
Galván, que era un hombre de izquierdas. Pero en realidad eso está
implícito en la tradición del cancionero anónimo
flamenco. Quizás la primera canción protesta de occidente
es el flamenco. Lo que ocurre es que lo que tienen de social las letras
flamencas tradicionales no necesita visualizarse. La exasperación
social del flamenco se afirma en la fuerza expresiva. Y no solamente en
la voz. La mayor parte de los cantaores protestan con todo su cuerpo,
sobre todo con la cara y las manos.

Félix Grande en la biblioteca de su domicilio en la capital
madrileña.
Foto:
AURE
HORMAECHEA
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Junto
al desgarro que atraviesa gran parte de su obra siempre aparece la ternura
como otro de identidad y equilibrio
Pienso que sí, pero tal vez más como una coraza que como
una evidencia. No es que eso no esté en mi personalidad cuando
me conmuevo, pero tengo la sensación de que la mayor parte de mis
emociones positivas son parte de una coraza para que no salga con demasiada
violencia la pus de mi infancia.
Eso
parece una permanente vindicación de un pasado robado
Yo estoy marcado a la guerra civil y a la postguerra como las reses en
el lomo. Me siento condenado desde mi infancia con el recuerdo de la guerra
civil marcado a fuego de por vida. Los verdaderos niños de la guerra
fuimos los que padecimos en la infancia el hambre, el miedo y la humillación.
Y ese terror lo asumí para siempre. Incluso cuando se acabó
la dictadura, cuando iba a manifestaciones antifranquistas, al firmar
documentos contra el régimen, lo hacía saltando por encima
de mi propio miedo. Aún ahora, que tenemos esa maravilla que se
llama democracia, los terrores que mastiqué durante mi infancia
permanecen. Por lo cual tengo hacia la guerra un maravilloso odio.
Un
dolorido mundo que le acerca fraternalmente a su admirado César
Vallejo
Cada vez más. Ya me emocioné cuando le conocí en
mí juventud, pero cada vez que vuelvo a él me doy cuenta
que es uno de los gigantes del idioma español. Lo que hace ese
hombre con el castellano es a veces completamente increíble. Y
es que Vallejo siempre parece que estuviera hablando en nombre propio
pero también en nombre de todos sus muertos. Hay momentos en algunas
de sus páginas que desde el punto de vista de la razón pueden
ser ininteligibles pero que emocionalmente se reciben de manera fulminante.
Por ejemplo esa especie de letanía que dice "amadas sean las
orejas Sánchez / amado sea el que vela el cadáver de un
pan con dos cerillas". Esos milagros poéticos sólo
los recuerdo en César Vallejo.
"ME
GUSTA MUCHO VOLVER A TOMELLOSO"
Sin
embargo, a pesar de esa búsqueda incesante de la paz a través
del sentimiento, Félix Grande no ha rehuido la polémica.
Como en el caso del libro "La Calumnia" en defensa del poeta
Luis Rosales y su postura respecto al trágico final de García
Lorca. ¿De dónde brotó la necesidad de esa denuncia?.
Puedo decir que la publicación de ese libro me ha costado muy caro.
No me lo ha perdonado nadie. Ya decía el propio Luis Rosales que
"al inocente nadie lo perdona". El era inocente y nadie lo perdonó
ni vivo ni muerto. Y yo creo que al defensor del inocente tampoco. A mi
no me ha perdonado mucha gente. Incluso entre mi gente. Aunque en realidad
lo único que hice fue reunir la documentación existente
que demostraba que la única persona de Granada que se jugó
la vida, que estuvo a punto de ser fusilado por defender a Federico, fue
Luis Rosales. Eso lo sabe todo el mundo. Pero a los calumniadores, cuantas
más pruebas les pongas sobre la mesa sobre la inocencia de aquel
hombre más se irritan con él y con sus defensores.
Latinoamérica
es otra de sus grandes pasiones.
Siempre. Allí encuentro una enorme familia. Desde el desierto de
Sonora hasta la Patagonia todos los habitantes hispanoamericanos son nuestros
hermanos. No sé si es por la fuerza de gravedad que otorga el idioma
o por la hermandad que se produce en la pobreza, pero el cariño
que existe hacia los españoles en todo el subcontinente es muy
superior al que nosotros tenemos por ellos.
¿El
Tomelloso que recupera como recuerdos de infancia en sus memorias está
también en su libro de viajes, lo revive visitándolo en
la actualidad?.
Claro. Primero, porque mis padres, mis abuelos, incluso tres de mis hermanos,
todos mis muertos, están enterrados allí. Y por otra parte
porque aún tengo allí familiares. Pero no voy sólo
a visitarlo por eso. Voy también porque me gusta mucho recorrer
aquellos lugares donde se disolvió mi infancia. Y lo hago con mucha
alegría porque aquel Tomelloso de la postguerra, pobre y con muchas
fatigas, ha desaparecido. Hoy es maravilloso ver el orgullo con que cada
uno se gana su vida, esas casas tan enlucidas en la fachada, los suelos
sin barro en invierno y sin polvo en verano. Me emociona ver como, de
ser un lugar casi olvidado en el siglo XIX, Tomelloso se ha convertido
pueblo al que no le falta un detalle.
Usted
sufrió su separación forzosa de la revista Cuadernos Hispanoamericanos
por la Administración actual tras muchos años de trabajo.
¿Se siente un represaliado civil?.
Pienso que les molestaba mi actitud política. Yo había sido
militante socialdemócrata desde antes de la democracia, había
escrito muchos artículos en El Socialista y firmado todos los manifiestos
que había que firmar a favor de los gobiernos de Felipe González
yo
era siempre quien era. Y supongo que estaba en una lista negra. Lo que
pasa es que dirigía una revista literaria. Nunca dijeron la razón
por la que me echaron. Pero debo decir también que esa decisión
no me hizo ningún daño. En realidad gané mucho con
aquella acción tan disparata de quienes me echaron a la calle.
Hubo un movimiento de solidaridad conmigo que me dio la alegría
civil más grande más grande de toda mi vida.
Para
terminar, ¿qué siente ante las movilizaciones contra la
guerra?.
La alegría de ver que la vida cómoda de un país económicamente
estable no ha anestesiado a la moral colectiva. Y la alegría de
saber que esa resurrección de la energía civil hará
que cualquier intento de disminuir la democracia les va a costar tener
enfrente a todo un país.
Rafael
Cid
| INVENTARIO
Un libro,
un autor y un personaje, histórico o de ficción.
El Quijote, Antonio Machado y Zorba el griego.
Un animal y un animal político.
El toro. Felipe González.
¿Quién no aprende de la historia está
condenado a repetirla?.
Lo que si conviene es que el que tiene memoria la alimente y el
que no la tiene que la aprenda.
Cuál es su fobia y cuál su mayor defecto.
La estupidez y la ansiedad que a veces se me convierte en resentimiento.
¿La ideología dominante es la ideología
de la clase dominante?.
Yo creo que a Marx en eso le faltó una nota a pie de página.
Hay un instante en que las clases humilladas dicen ¡basta!.
¿Cree que el poder corrompe y que el poder absoluto
corrompe absolutamente?.
No siempre. Hay políticos de extraordinaria decencia que
no se corrompen nunca.
¿Nunca máis o máis que nunca?.
Nunca máis y máis que nunca.
¿Qué país admira?.
El país en que vivo.
Su cuidad preferida.
Tres: Mérida, Tomelloso y Madrid.
Un paisaje.
El campo manchego.
Un yantar.
Cualquier comida con vino tinto. |
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